El caso Franco

Él profanó mi mundo. Subterráneo, excavó en mis corredores hasta volverme desierto.
Robó mi canto. Me volví silencio.

Cuando una mujer decide denunciar, suceden muchas cosas, una de ellas es que termina señalada como culpable: la ropa que usó, la hora, si sonrió más de lo debido, si tomó, si bailó, y un largo etcétera. Los cuestionamientos se vuelven hacia ella, la víctima.

En este caso, yo misma diré que soy la culpable: soy víctima de mi propio desamor por relacionarme con un hombre casado.

Mi historia con Franco comienza en octubre de 2014 en Tinder. Ya había conocido a un par de chicos y la pasé muy bien, disfruté de mi sexualidad libre y sana. Sin compromisos afectivos, sin daño, con respeto, responsabilidad y diversión. El tercer match fue él. Después de una conversación superficial pero agradable decidí darle mi WhatsApp. Durante dos días hablamos de nuestras rutinas y flirteos. Al tercer día me preguntó con quién vivo, le respondí con mi asistente y mi gato. Le devolví la pregunta y dijo: “con mi esposa e hijo”.

Así empezó todo: lo bloqueé. Por tres meses me buscó en redes, me llamaba, dejaba mensajes de texto. Él halló la manera de hacerme dudar: “solo quiero tu amistad, sé que tú también sientes que hay algo especial entre los dos”. Se mostraba querible, herido, solo. Si esto me sucediera hoy, ya hubiera posteado en mis redes los screen de lo que ahora considero un acoso. Pero no. Hace seis años no era nada de lo que ahora soy.

Un sábado de enero de 2015, él olfateó mi soledad y yo lo desbloqueé. En menos de una hora estaba tocando el timbre: había conseguido mi dirección en Internet. Lo que tendría que haberme dado miedo, me hizo sentir deseada. Fui la especie que se dejó convertir en su propio depredador, su semejante.

no te angusties, Ana, no vas a destruir un matrimonio”.

con ella no tengo sexo, es casi trimestral, yo tengo que masturbarme todos los días, pero es solo eso, no tenemos problemas o discusiones, tranquila Ana, no le estás haciendo daño a nadie”

“eres hermosa, si tú no estuvieras enferma no estarías conmigo, ni siquiera me hubieras mirado”.

Su cebo fue hacerme sentir que no solo era sexual, que también había afecto y sentimientos románticos. Pero su más importante poder fue “te lo dije desde el principio, ya sabes las reglas del juego, lo tomas o lo dejas”. Esa fue la manipulación para que no tenga nada que reprocharle. Es ahí donde esto se convirtió en lo que terminó por consumirme. Se alimentó de mi alma, quebró mi pensamiento y convicciones. Me convencí de que me estaba haciendo un favor al quererme, al haberme elegido como su presa.

Yo trabajaba, había logrado muchas cosas en mi vida a pesar de mi condición física, tenía una profesión, trabajo y casa. Era autónoma, fuerte y sentía orgullo de mí. Pero me volví dependiente emocionalmente de él. Comenzó a desaparecer, ya no estaba tan intenso y presente como al principio. Su excusa era que tenía que salir todos los días a buscar trabajo. Me mandaba fotos de las calles “horribles” donde andaba. Que en casa le estaban “haciendo problemas por no aportar económicamente” Encontró un pequeño puesto en un gimnasio: “tengo que aguantar a las viejas coqueteando, de espaldas normal, pero voltean y son un huaco”.

Entonces mi pago por haberme mirado fue conseguirle trabajo en una galería de arte. Fue mi manera de cubrir la vergüenza y la culpa. Lo aceptaron y él quedó fascinado con su nuevo trabajo. Terminé con él. Intenté alejarme. Pero fueron idas y vueltas. Como una adicta, lo aceptaba nuevamente. Sabía que no era la única. Había otras. A cada una le pone ‘nombrecitos’: coneja, pequeña, etc. A mí me puso capicúa. Era agotador, pero prefería esa podredumbre a no tener nada. Me dolía verlo, cada vez me sentía más débil, muy delgada y cansada.

Una noche, después de haber tenido sexo, estando aún desnudos en mi cama, me pidió dinero prestado. Ahí sentí que ya estaba muy enferma, me paralicé unos segundos, le di el dinero y suspendida, quedé sin aire. Franco se hizo gigante, impune, merecedor de todas sus ganancias. Tenerlas a todas. Contaminar a todas. Yo terminé en cuidados intensivos.

Después de seis meses, volví a casa. Lo había perdido todo: trabajo, casa, independencia, autonomía y por supuesto mi cuerpo. Él seguía trabajando y creciendo en ese lugar. Le rogué que me ayude así como yo lo ayudé. Prometió hacerlo muchas veces. Nunca lo hizo.

“está bien Ana, dame tu número de cuenta, pero primero te quiero ver”.

“no soy un hijo de puta, yo pregunto todos los días por ti, mi lugar de trabajo es un recordatorio de ti”.

“veo el mar y me acuerdo de ti, voy por las calles cerca de tu casa y me pregunto cómo estarás

“recuerdo lo mucho que me encantaba tu piel fría con la mía, tu cadenita moviéndose en tu cuello, tu cabello largo y sedoso”

Cada cierto tiempo, me escribía para recordar a alguien que ya no existía. Yo me concentré en mi lucha personal. No le respondía. Él insistía. Entonces me di cuenta que debía tomar captura de todo. Tengo un archivo con su nombre, con todas las fotos y videos que me envía.

Después de estos seis años sin verlo, con mis batallas ganadas, creyendo que había sanado de él, volví a chatear con él en mayo de este año. Como siempre, hubo mucho sexting y su primer paso para acercarse fue traerme un pan hecho por él. Pero no lo dejé entrar.

Siguió el sexteo y le advertí que desde que había empezado la pandemia no había salido de casa, no recibía visitas y mucho menos tuve relaciones sexuales con nadie. Así que solo le pedí que me garantice que se estaba cuidando del COVID y de cualquier ETS. Él me aseguraba que sí lo hacía. Tuvimos dos encuentros sexuales.

Me di cuenta que esta vez, su embestida ya no solo fue emocional. Él sabía de mi vulnerabilidad física y fue ahí donde sobornó mi lengua. Con sus fauces desplumó mi voz hasta dejarla sin carne, huérfana de cuerpo.

Descubrí que había tenido sexo con otras mujeres en paralelo conmigo. Seguía siendo el mismo buitre, pero con mayor dominio para infestar. Así que lo cité una tercera vez. Le hice creer que tendríamos sexo. Le pregunté pero lo negó una y otra vez. Se quería ir. No lo permití. Lo tuve sentado dos horas y medias. Y, por primera vez, ya no callé.

A Franco solo le importa él y su ventaja. No existe contexto o circunstancias que lo humanicen. Muestra una imagen falsa al mundo. Soy la única que lo ha visto a los ojos. Tiene un vacío putrefacto. Por primera vez no sentí una pizca de ganas de ser tocada por él. Al contrario, me dio asco y se lo pude decir tranquila. Le noté esa mueca siniestra que nunca antes había querido ver.

Los que me conocen de cerca, saben que para entenderme, tienen que mirarme, seguir un poco el movimiento de los labios y escuchar pacientemente la poca voz que sale cuando hablo. En esta ocasión, él hablaba más fuerte. Pero finalmente, cuando le dije el nombre de una de las mujeres —que incluso había tenido COVID recientemente— con la que había estado solo dos días antes, lo aceptó.

¿Por qué me mentiste? Yo no puedo darme el lujo de enfermarme. Mírame. Mira mi cuarto. Mi cama clínica. Mira mi condición, Franco. Tendré que hacerme un descarte de ETS y si sale algo, yo solo estuve contigo, tú serás el culpable. No solo debo cuidarme por mí, sino por todo el equipo que es responsable de mi salud. Están pendientes cada minuto de mí, debo corresponder, es lo mínimo, es un compromiso conmigo pero también con ellos y por supuesto con mi familia. —Le dije, calmada, tratando de rescatar algo humano dentro de él. Pero no. Él no mira.

“en mi defensa solo puedo decir que usé protección”. — Respondió con sonrisa de pantano.

“sí te ayudé, compré no solo una rifa, fueron varias, no soy un hijo de puta. (se refiere a la rifa que organizaron mis amigas para ayudar a mis padres a cubrir gastos cuando estuve en UCI).

¿Crees que hay alguna manera de reparar el daño que me hiciste, Franco?—Le pregunté casi al final.
“No, cada uno vive como puede, yo me siento solo. Yo amo a C (esposa), pero por más que lo hemos intentado, no tenemos mucho sexo. Es complejo. Entonces, entro al baño y me masturbo casi en automático, al final siento un vacío. Necesito desfogar tanta energía”.

Como dije, fue una larga conversación. Él quiso hablar de su infancia difícil. Con señas y tratando de que me escuche, le decía que no quería saber de eso. Él no me miraba y hablaba más fuerte. Imagino que intentaba justificar su comportamiento, sus desgracias. Por consideración a personas que no conozco (incluida su esposa) evitaré exponer los detalles penosos que me obligó a escuchar.

Tampoco pondré las transgreciones sexuales y físicas que cometió conmigo en esas dos ocasiones que lo recibí en mi cama. Quizá será una deuda que tendré conmigo misma. O quizá aparezca en otro momento.

Solo necesitaba escribir un poco este episodio de mi vida. Dar mi testimonio para liberarme de su sombra. Dar cuenta de que, aún con 44 años de edad, feminista, activista y con todo lo valiente que he sido en la lucha por mi derecho a elegir sobre mi vida y mi cuerpo, fui cómplice de la mentira y el daño. Sé que no hay lugar a reclamo para mí.

Franco vive en esas pesadillas que aún me despiertan de madrugada, rumiando la culpa.

(Fotografía de encabezado por Macarena Puelles).

El derecho a decidir (por ti)

Hoy, 4 de junio, a dos días de las elecciones, vino a visitarme Carmen, alguien a quien aprecio y admiro mucho. No nos veíamos desde que empezó la pandemia así que estábamos felices de vernos.

Mientras almorzamos, irrumpió la política en la mesa: “yo no voy a votar por Castillo porque piensa unificar X y Y (dos entidades públicas a las que pertenece) y eso no me conviene. Yo sé que tú estás con Castillo pero yo no“. Y me explicó sus temores económicos.

Me había propuesto no hablar de las elecciones en este reencuentro. Ya intuía cuál era su postura y ella sabía la mía por mis redes. La escuché y la entendí. Pero sobre todo, me alegró escuchar un voto honesto y consecuente por Fujimori: por conveniencia. Necesita seguir recibiendo los derechos y beneficios laborales en una profesión tan sacrificada como la de ella.

No escuché de ella lo que vengo leyendo y escuchando en redes y medios: el “qué me queda”, “por la democracia”, “por la libertad”, etc. Tampoco se refirió a la improvisación y desconocimiento de Pedro Castillo que también es el argumento de los votantes de Keiko Fujimori.

Y mientras la escuchaba, recordé lo que dijo José Mujica en el encuentro con Pedro Castillo: “sin comer no se puede luchar por la libertad”.

Carmen ha nacido y crecido en pobreza extrema en el norte del Perú. He escuchado siempre sus historias de vida. Cómo fue para ella dejar su casa para venir a Lima a trabajar para pagarse sus estudios con el esfuerzo y dolor de estar lejos de los suyos. Es, además, solidaria y generosa con su entorno, y con personas incluso que no conoce, como lo fue conmigo en el episodio más doloroso de mi vida.

Me ha sido imposible escribir de nada desde el 11 de abril. Cada día ha sido peor que el otro. No por los candidatos, sino por el dolor del desprecio, discriminación, ofensa, clasismo y racismo que nos ha bombardeado en estas semanas. Por la hipocresía patriótica que nunca compartí por el fútbol, la comida, la música y toda la Marca Peru que solo vemos en fiestas patrias y en el mundial.

Desde el 11 de abril he cuestionado mi propio feminismo. Me he preguntado ¿a qué mujeres les afecta realmente esta coyuntura social y electoral? ¿Es suficiente ser feminista interseccional?

A pesar de nuestras diferencias políticas, a Carmen la respeto porque es honesta, no le conviene económicamente y vive en una condición precarizada que depende absolutamente de ese trabajo en una institución del Estado y que teme perder.

No tengo ningún derecho de refutarle para cambiar su voto. Y ella tampoco lo pretendía hacer conmigo. Esto solo me hizo ver algo que ya me había pasado en otros contextos: la derecha no solo es defendida por los privilegiados y por los medios de poder.

Pero es que ya ni siquiera creo que se trate de la derecha. La sola candidatura de Fujimori es abrir nuevamente heridas, es una ofensa y desprecio brutal por la memoria y nuestra historia. ¿Esto es odio? Pues en mi caso sí. ¿Cómo no odiar a los que desaparecieron el cuerpo de un hermano/ hijo/esposo/padre?

Que el fujimorismo siga gobernando significa que el problema es estructural, que la opresión es el mismo sistema patriarcal del que todas y todos (hombres incluidos) estamos sometidos.

A Castillo lo hemos escuchado referirse equivocadamente de los feminicidios. En fin, que es un desastre en derechos humanos. Cuando he mostrado mi apoyo a él me han dicho que no está a favor de la eutanasia y la muerte digna. ¿Eso me asusta? Sí. Me preocupa tanto mi lucha individual como la de las miles de mujeres que me antecedieron para que yo pudiera lograr lo que logré: ser escuchada en el Perú, un privilegio que muchas no han tenido.

Entonces, Castillo me genera desconcierto y bronca cada vez que sale Cerrón a contaminarlo todo. Sí. Pero Fujimori es repulsión, es una sensación orgánica. Terror a esa mueca siniestra del poder.

Las Tipas

Foto del día de la audiencia por Jessica Alva Piedra (7 de enero, 2021)

“El derecho existe, está ahí. Y en esta oportunidad está encarnado en una persona, que es Ana Estrada”, Defensor Walter Gutiérrez

Ha pasado más de una semana de la audiencia y cinco años de cuando me dieron de alta la primera vez. Me ha tomado meses volver a escribir aquí. La vida ahora es otra y al mismo tiempo la misma. La misma sensación de mi espalda hirviendo y mi nuca agrietada por el tiempo.

Son cerca de las 17 horas en Perú, así que afuera debe estar atardeciendo fresquito. Me imagino a Las Tipas llorando sus flores amarillas sobre el asfalto. Durante estos meses he escrito en mi mente un nuevo tema para escribir aquí: la pandemia, el duelo imposible, el cuerpo confinado. Las noches cansadas dejan el alma desprotegida de su cuerpo en este camino tan desigual que fue el 2020.

Ojalá hubiera podido contarte de Soledad y sus compañeras amarillas en Vis a Vis. No había forma de poder escribir una palabra. Al menos no por aquí, en este diario que tiene su propia piel.

El día anterior a la audiencia preparé mi discurso. Debía durar de 5 a 7 minutos. Zulmita hizo todo el procedimiento para taparme la traqueostomía y después de un par de ensayos me di cuenta de que también debía contarlo en la audiencia. Así fue que, mientras Zulmita me grababa, me dió la señal de que ya estábamos en 10 minutos.

Nos hemos reído y hasta tenemos nuestros bloopers. Así es con ellas: tensión y risas. Pero siempre risas. Y miradas que entienden.

Al día siguiente me desperté cuando Gris llegó a las 8 am. Pensé, por un momento, que sería bueno que también se quede Zulmita porque habría mucho que organizar y atender: el equipo de la Defensoría, la computadora, cambio de cánula. Viene también René con su camarógrafo. Y Jessica a quien no veía hace mucho y después de todo.

Pero luego de tomar desayuno me quedé dormida.

¡Son las 10!

No suelo dormir en el día. No sé porqué me dormí así en un día que había tanto por hacer.

Empiezan a llegar. Encuentros. Ganas de conversarlo todo. De tocarnos. No hay tiempo. Y siempre se filtran nuestras risas. Estoy acompañada.

Son las 12. Me conecto al Meet de la audiencia. Estoy tranquila. El juez hace la introducción y luego empieza el Defensor. Escucho su primera frase y lloro. Gris me toma la mano. La miro como pidiéndole que lo haga más fuerte porque sus guantes no me dejan sentirla. Se saca uno y me acaricia el cabello. Entonces ya sé: es real, ha llegado el día. Lo he logrado. Recién lo creo. Me calmo y sonrío con Gris.

Toca mi turno. Mientras le hablo a la pantalla lo ensayado con Zulmita, no podía evitar pensar que me estaba enredando, que ojalá no me quemara tanto esta espalda, que no tenga secreciones, que no quiera toser. Que me están escuchando y soy feliz.

“¿Esta petición se debe a que está deprimida?”

Quiero girar la cabeza. Miro a Gris que está a mi lado izquierdo. Tiene una postura firme con sus manos entrelazadas. Parece que me dijera: “de aquí no me muevo, estamos juntas”.

Si me hubieran hecho esa pregunta en el 2016 no podría haber respondido. Hubiera sido una Tipa llorando amarillo.

Ahora soy un bosque con todas sus ramas haciendo olas. Izando una voz que defiende la libertad.

¡Claro que estuve deprimida!. Lo había perdido todo. Hice mi duelo casi un año en el 2016. Desde que estuve en UCI pedí ver al psiquiatra para que me recete lo indicado porque me quería morir. Pedía morir. No quería otra cosa más que morir. Pero también tenía un lado de mi mente salvaguardando. Ese lado que había alimentado por años en mis sesiones de psicoterapia. Esa voz entrenada y sabia estaba ahí.

Al venir a casa seguí con mi tratamiento y tuve sesiones con mi psicóloga. No dejé un solo día de tomar mi medicación.

Hasta que en el 2017, poco a poco comenzó mi búsqueda. Y claro que en cada negativa me volvía a derrumbar. Cuando le pregunté a un amigo abogado y me dijo “aquí imposible”, por supuesto que me eché a llorar.

Pero seguí.

Entonces, ¿estoy deprimida?. ¿Cómo podría estarlo y al mismo tiempo mantener esta gran campaña que creció con el tiempo y echó raíces? Amo la vida. La respeto. Amo y me aman. He construido mi propio bosque de Tipas que florecen armoniosas. Que ahora lloran de alegría junto a muchas más que ya no nos ocultamos. Hoy somos un ejército de flores amarillas brillantes como el sol.

Lo que sucedió al término de la audiencia quedará entre los que estuvimos ese día en mi habitación. Hubo silencio. Ese tipo de silencio que conversa, que entiende, que sostiene.

Se fueron yendo. Poco a poco. Como quien no se quiere ir. Lo cierto es que estaba agotada. De pronto, Gris y yo sentimos como si hubiéramos corrido kilómetros y aunque no ganamos, tampoco perdimos.

He empezado a escribir en este blog porque así empezó todo hace dos años. Vuelvo a la raíz y soy mi alimento. Y ya nunca nadie más me dirá que es imposible. Mi voz es orquesta.

Por Jessica Alva
Por Jessica Alva
Por Jessica Alva

Delirio de cirios

Delirio de cirios.
Susurro de flamas cialíticas
Yo, vigía del agua de mis otoños largos, impenetrables

El fuego anida en mis concavidades

He librado a mis venas del invierno.
Laten acompasados mis pechos en deshielos forestales.
En tiempos de guerra fui frontera
Nacieron animales perfectos
Siembra en mi vientre.

Mi lengua porosa
Es mujer insignia
Escudo verde para quemarlo todo
De rostro empantanado
Pies de algas orilladas a la vida

Mis costillas empedradas
Bailan al alrededor del fuego
Invoco a mis hijas de alumbre
Tejido de destinos incinerados

Presente adormecido de infinito cuenco
Iluminadas sombras
¿Por qué quieren ahogarnos si somos las dueñas de ese fuego que nos mata?

Ellos, molino de viento
Nosotras, tejedoras de métricas y sílabas y conjugación
Mis hermanas, punto de acopio para guarecer ante la impunidad
Ellos tenían la lanza
Nosotras antorcha que lo iluminaba todo

¿Por qué nos temen?
Arrancaron mi lengua
Mis pupilas empedradas fue su herradura
Soy marea furiosa que encalló
Suaves oleadas nutricias para las nietas que vendrán
Y no alcanzarán nuestra orilla
Y lo seremos todo.

Mi país duende danzante
Movimientos de bayas brillantes
Soy branquias
me sumerjo al sur de mis yemas
¿Por qué me temen?
Cortaron mis esquejes antes de florecer

Igual que la brisa deja sus gotas en la hoguera que alumbra
En mis uñas crecieron osamentas lúcidas
Finas y firmes para bordar el primer recuerdo
Y acuñan la fiesta de mi silencio y soy leyenda y ya no muero nunca más.

Encabezado: Foto libro Ana (2019), por Jessica Alva Piedra

Boca de mayo

Es la primera noche en UCI. Tengo un tubo en la boca y no puedo hablar. No sé qué hora es pero me acaban de trasladar a otro espacio porque estaba muy “intranquila”. Ahora estoy apartada del resto de los pacientes. En esta sala todo está oscuro y, de pronto, escucho las voces de mi madre, hermano y amigas. Son frases cortas en eco que se superponen y no tienen sentido.

Estoy teniendo un ataque de pánico.

Escucho también la emisora de una radio y la canción se repite una y otra vez.

Involuntariamente, muerdo el tubo como empujándolo hacia afuera. Suena una alarma.

Ana, no muerdas el tubo – dice, una enfermera que se acerca y silencia la máquina.

Me concentro y no lo muerdo. Le tengo miedo a la advertencia de la enfermera.

Nuevamente las voces y la radio me vuelven loca. Ahora también veo a un residente que viene a auscultarme. Sé que es una alucinación. No es real.

Ana, si sigues mordiendo el tubo te voy a tener que poner la boca de mayo

¿Qué es eso? ¿Qué más me van a hacer? ¿Es real esta enfermera? Es la tercera advertencia. Me concentro.

Las voces y el sonido de la canción repetida se hacen más fuertes y me distraigo y me asusto. Tengo terror. No sé si tengo los ojos cerrados o abiertos. Solo lloro. Estoy babeando porque no puedo tragar la saliva porque el tubo me lo impide. Estoy en una película de terror.

Se me vienen imágenes de Johnny cogió su fusil (1971) y de El ciempiés humano (2009). Me siento atrapada y sometida por esa enfermera. No puedo ver con claridad. No puedo gritar. Estoy cosida a mi propio cuerpo.

Nuevamente suena la máquina. La enfermera entra con otra persona y enciende la luz.

Bueno, Ana, sigues mordiendo el tubo. No quieres hacer caso. 

La otra mujer abre mi boca y Ángela, la enfermera, me mete una cosa que me impide cerrar la boca.

• Así te vas a quedar hasta que aprendas a no morder el tubo. Dice Ángela

Podría dejar la historia de este episodio aquí. O también podría seguir contándoles lo que sentí toda esa noche. Lo que pensé. Las alucinaciones que vinieron más fuertes. O hablarles del odio hacia Ángela y lo que mi mente planeó como venganza. Pero no existen palabras para describir lo que viví con el tubo de mayo en mi boca. Me paralizaron completamente. El problema es que cuando te encierran durante tanto tiempo, la mente se dispara y es difícil controlarla. Lo más duro es cuando me decían “tú eres psicóloga, tú debes saber cómo calmarte”. Odié ser psicóloga en el hospital.

Hace unos meses le pregunté a una de mis cuidadoras cómo es una boca de mayo y me corrigió: “es tubo de mayo”. Me trajo uno de su trabajo para que pueda verlo. Era completamente diferente a lo que pensé. Era mucho más pequeño. Nunca lo había visto. Lo he tenido en una repisa de mi habitación a una altura en donde la pueda ver. Hoy la descarté al fin.

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Hace un año mi boca comenzó a gritar en este blog y nunca más callé. Cuando agradezco a los que han reposteado mis textos y a los primeros en publicar y registrar mi historia, les suelo decir que están haciendo fuerte mi voz. Están haciendo ruido por mí. Me sacan los tubos de la boca. Ustedes me han cargado todo este tiempo para que yo me pueda cargar.

Hace un año  comencé a descoser mi boca. Hoy la uso para amar. 

Fotos por Jessica Alva Piedra

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Ciertas malas voluntades

Era un sábado de verano de 1993, yo tenía 17 años y estaba en reposo porque el día anterior me habían realizado la segunda biopsia muscular en el lado externo de mi muslo izquierdo. Mis padres tuvieron que salir el fin de semana fuera de Lima y yo me quedé en cama. La enfermedad aún incipiente, me permitía desenvolverme con normalidad y autonomía, así  que no había problema. Tenía mi privacidad y mi romance con el silencio y la soledad.

Estaba echada,  supuestamente estudiando porque me estaba preparando para el ingreso a la universidad pero terminaba pensando en nada, cuando sonó el timbre, vi por la ventana de mi habitación en el segundo piso de la casa y Ana estaba abajo con un ramo de flores de muchos colores. Cuando nos saludamos, se sorprendió de verme “cojeando” con un parche en mi pierna. Le expliqué de qué se trataba y que no había de qué preocuparse, que era un examen de rutina y que me dolía un poco al caminar pero todo estaba bien.

 

Ana tenía una voz muy dulce y su tono era bajito. En realidad, toda ella era así. Muy tímida y hasta temerosa. Esa mujer joven ayacuchana fue la que, al verme llegar a casa recién nacida en brazos de mi padre, botó la escoba para correr hacia mí y cargarme*. No estoy  segura si fueron muchas las veces que mi padre me contó esta historia o es que a mí me pareció tan hermosa que la he repetido en mi cabeza constantemente, amorosamente.

 

Es por ella que aprendí los cuentos y canciones de Ayacucho así  como también supe del temor y de la tristeza de dejar su hogar. Creo que su voz era eso, un canto huantino de profunda pena. Mientras ella me contaba sus historias, me permitía recostar mi cabeza en su regazo y puedo recordar claramente hasta hoy, después de tantos años, esa sensación de seguridad que nunca más pude volver a experimentar.

Pero esa mañana soleada, cuando Ana llegó de visita, no sabía que sería la última vez que la vería. Fuimos al patio, pusimos las flores en agua y nos sentamos a conversar. Por más que lo he intentado, no logro recordar nuestra conversación, la tengo muy difusa quizá porque ella había llegado a interrumpir mi silencio y he reeditado ese último encuentro en mi cabeza innumerables veces, las suficientes para quedarme solo con su sonrisa calmada, su acento que sonaba a hogar, los colores vibrantes de las flores y la ternura de su mano sosteniendo la mía.

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Ana murió al poco tiempo de un paro cardiorespiratorio.  Pero fue recién años después, en una de mis sesiones de terapia, que pude llorarla. Hasta entonces estaba anestesiada, no sentía nada, ni pensaba en mi cuerpo. Así que, estando en terapia, y tratando de descubrir quién era yo y dónde había estado todo ese tiempo, fue que comencé a investigar sobre mi enfermedad y sobre mí, y eso incluía querer saber de Ana.

Es curioso  que mis padres hayan escogido el nombre de la persona que contrataron para que me cuide. Las muchas veces que les he preguntado sobre el origen de mis nombres, no he obtenido una respuesta concreta, en cada ocasión dan una versión diferente: por el vals “Anita” que siempre le ha fascinado a mi padre; Milagros por el Señor de los Milagros y “como tú naciste en noviembre* pues….”.

Finalmente, comencé  a elaborar mi propia versión y viajé muchas veces a Huanta. Te quería encontrar, Ana. Supe de tus hijos y nietos, de tu empeñada labor comunitaria en los comedores populares de tu distrito y conocí a tus compañeras. Ahí comprendí porqué no dejaste de visitarme: les habías contado de mí y estabas muy preocupada por mí. Yo no lo sabía. Ojalá hubiera sido menos indiferente contigo para recordar nuestra última conversación y entender que, como me lo dijeron tus amigas, ya sabías que te tocaba emprender la retirada y fuiste a despedirte.

*El Señor de los Milagros se celebra en octubre

 

 

 

 

 

 

La piel que habito

¿Qué es lo primero que haces al levantarte de la cama por la mañana? Yo, por mucho que intento, no recuerdo lo que solía hacer cuando aún podía caminar sola. Pero sé que, por lo general, hay un primer momento al despertar en que estás entre tus pensamientos y el no querer levantarte y te acurrucas, te llevas las manos al rostro, te frotas los ojos, tus dedos se deslizan en tu cabello, probablemente te cubres si tienes frío o cambias de posición para encontrar la sábana más fresquita. Es un momento aún entre el sueño y el despertar, de intimidad contigo mismo que se concreta cuando finalmente te levantas y te ves en el espejo. Ese primer encuentro, ese ritual tan privado que te puede parecer insignificante es de los momentos que más extraño no tener.

Cuando comencé a perder fuerza, a los veintes, mi padre adaptó mi baño para tratar de seguir siendo independiente. Poco a poco, tuvimos que incorporar alguna pieza, o bajar más el nivel del murito de la ducha, elevar el inodoro, poner losetas antideslizantes, colocar barras, etc. De todo hizo mi padre, porque, aunque no lo verbalizara tan enfáticamente, él sabía cuánto luchaba yo por no necesitar ayuda de otra persona, al menos, en lo más privado que es el baño.

Sé que muy dentro de mí, primitivamente, cada zona de mi mente se iba trastornando junto con cada modificación de ese baño. Cada pieza añadida era un agujero que se hacía más oscuro y hondo en mi cerebro. Yo estaba tratando de no dejar a esa nueva Ana que se levantaba cada mañana y venía en forma de un mar amenazante con olas que se alzaban gigantes delante de mí y yo tragaba agua pero no me ahogaba, resistía a esa intrusa que se instalaba insidiosamente, en el laborioso silencio de mis células.

Con el transcurrir del tiempo quedaba cada vez más sucia porque ya no podía llegar a frotar algunas zonas de mi cuerpo y mi cabello ya solo podía lavarlo con mi mano derecha y el otro lado lo frotaba contra la pared. Cuántas lágrimas dejé en esa ducha mientras tragaba rabia y dolor por la pérdida de mi fuerza.

Hasta que un día perdí fuerza para dar el último paso para salir y me caí en esa ducha que tanto esfuerzo (y seguramente también dolor) había puesto mi padre. Terminé con un esguince en el tobillo derecho y ahí supe que ya había vencido la intrusa, la tirana. Comencé a ser asistida y nunca más pude saber de la textura de mi piel, cada vez era menor esa independencia y privacidad del baño, de tocar mi pelo para sentirlo solo yo y saber si está lo suficientemente suave, a mi gusto.

Con los años aprendí a convivir con la falta de privacidad y tuve una asistente para todo, pero cada vez la necesitaba más y más, hasta el 18 de julio de 2015 cuando ingresé a cuidados intensivos y la silla de ducha que usaba en casa se convirtió en el baño en cama y “sin consentimiento”. No importaba si tenía frío o no. Si quería o no. En UCI, el baño es diario y rápido y sin preguntar. Mis padres dejaban jabón, shampoo, crema y colonia porque es lo que suelen pedir a los familiares para el aseo del paciente. Pero muchas veces, por la rapidez y falta de cuidado, no se fijaban en las etiquetas de los envases y me terminaban lavando la cabeza con el jabón líquido, o sino, me aplicaban el shampoo como crema corporal y, si se daban cuenta de su error, solo se reían y lo dejaban.

Así, el baño se convertiría en el peor momento del día en ese lugar. Sin cuidado, entre técnica y enfermera, conversaban de sus vidas: la técnica sostiene el cuerpo y la enfermera lava, pero ninguna me mira el rostro para saber si estoy sintiendo dolor* cuando por ejemplo jalaban la sonda vesical y sentía que se me desgarraba la uretra o cuando, a pesar de mi mirada de pánico y mi gemido terminaron arrancando mi traqueostomía.

Pues bien, de tener una asistente personal durante muchos años, cuando salí del hospital, pasé a convivir con 4 a 5 enfermeras las 24 horas de cada día de mi vida y el baño, ese momento en la ducha donde puedes sentir el agua que te cae en el rostro y el chorro que se va por el desfogue llevándose tus penas, ya nunca más lo tuve. Ahora todo procedimiento es en cama y nunca más me levantaré para ver mi cara reflejada en el espejo y así tratar de armarme, conocer mis pliegues, mi anatomía, mi mirada, la mirada que verán los demás. Ese insignificante acto que haces cada mañana sin darte cuenta, yo no lo tengo más.

Por eso la fotografía se ha convertido en un arma poderosa que me permite verme: hago zoom a cada poro que no pueden tocar mis manos, me sorprendo y descubro los lados de mi cuerpo que no puedo ver y me fascina este nuevo ritual de auto contemplación de las vías de mis heridas. Encuentro belleza ahí donde hubo dolor y puedo ver ahora una mano cuidadosa y atenta que me sostiene para disfrutar del agua.

Estas imágenes me ayudan a aceptar la ausencia de intimidad conmigo misma y me permiten entender y dejar habitar a la nueva Ana, convivo con ella, en una nueva piel que no puedo tocar, pero que, aunque paradójico, me enamora y me hace escribir sobre la muerte para poder comprender, finalmente, el sentido de toda mi vida.

Fotografía documental por Jessica Alva Piedra

*Con la traqueostomía en el hospital y conectada al ventilador, no se puede hablar, así que normalmente tienen mirarme muy atentos para entender lo que quiero comunicar.

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Laura Palmes (Barcelona,  1954-2011) fue la periodista que registró el caso de Ramón Sampedro (Galicia 1943-1998) y fue precisamente su reportaje “Eutanasia: morir para vivir”, con el que ganó en 1994 el Premio Ciudad de Barcelona, el que inspiró a Alejandro Amenábar a realizar la película Mar adentro (2004). En diferentes momentos de mi vida he visto esta película y en cada una he descubierto un sentimiento nuevo. De algún modo, siempre la tuve presente, pero es recién cuando emprendí la lucha por mi muerte digna que la historia de este hombre tuvo más sentido y  he ‘navegado’ en internet buscándolo, tratando de hallar algo más que me acerque a su tiempo y a su mar.

Después de 3 años de búsqueda a solas,  hablando “a escondidas” con médicos tanto de aquí como del extranjero, comunicándome con asociaciones que luchan por este derecho en su país, llorando de frustración porque no veía una salida para mí en Perú, contemplando la posibilidad de hacerlo ilegalmente, empecé a publicar en este blog el 16 de enero de este año. Han pasado más de 6 meses desde ese primer post y todo ha sucedido casi al azar, sin estrategias y esperando más bien la indiferencia o el rechazo de la gente. Fue casi un impulso instantáneo porque la búsqueda en soledad me estaba volviendo loca y necesitaba gritarlo. Pero a diferencia de Sampedro, yo vivo en la época de las redes donde todo es muy rápido, mientras que él demoró años en ser escuchado, lo mío solo tomó un clic con mi dedo índice.

Por todo esto, llamó mi atención fuertemente esa mujer que ya había sido diagnosticada con esclerosis múltiple cuando  ayudó a Sampedro a dejar su obra. Resulta que no solamente viajó, a pesar  del deterioro físico causado por su enfermedad, desde Barcelona a Galicia para entrevistarlo sino que  motivó a Sampedro a escribir acerca de la vida y la muerte. Lo de ambos dejó de ser solamente un trabajo periodístico y se convirtió en una amistad y complicidad tan fuerte que, años después, un cineasta llevó dicha historia a la pantalla grande y “Cartas desde el infierno”*, el libro  de Sampedro, fue reeditado por Planeta con un prólogo del mismo Amenábar.

Palmes ya estaba aquejada físicamente cuando empezó a trabajar con Sampedro, así que mi imaginación me lleva a pensar que no solo era una búsqueda periodística sino que su propia circunstancia la llevó a contar la historia de otro porque aún no podía contar la suya. Así que aquel reportaje sobre la eutanasia luego se transformó en su libro “Darrere les palmeres” (Detrás de las palmeras) y estos dos trabajos sirvieron de inspiración a Amenábar para construir el personaje de Julia (Belén Rueda), la abogada que ayudará a Sampedro y que sufre un mal neurológico que finalmente le hará perder la memoria.

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Escena de la película Mar adentro (2004)

En la escena del primer encuentro,  Julia le pregunta a Ramón “¿Por qué la muerte?”, y él se lo explica con tremenda sabiduría y lucidez. Es una escena tan estremecedora como íntima porque creo que Julia está escuchando su propio temor: Sampedro le habla de la imposibilidad de tocarla a pesar de estar a pocos centímetros de él y ella lo mira y los otros personajes de la misma escena están llorando. Ellos dos solo se miran y se escuchan en un mismo idioma. Intuyo que, en la vida real, Laura, quien ya era una periodista reconocida por sus reportajes extremos (Los asesinatos de Atocha y La guerra del Sahara Occidental) estaba buscando una respuesta a lo que ella estaba a punto  de vivir por su esclerosis. Fue una mujer valiente y generosa con su brillantez porque son muy pocos los que se atreven a sumergirse en  la muerte y publicar sobre un tema social tan controversial que puede generar rechazo y temor.

Pero insisto, yo he sido muy afortunada de encontrar apoyo e interés en personas tan valientes y empáticas y con la suficiente capacidad de darse cuenta de que necesito ser mirada y escuchada para poder volar hasta mi propio mar.

https://elcomercio.pe/somos/historias/ana-estrada-psicologa-peruana-pone-debate-muerte-digna-peru-noticia-608909

Foto de encabezado: Laura Palmes

*Mar Adentro

Mar adentro,
mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo,
es como penetrar al centro del universo.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos
hasta vernos reducidos
en un único deseo.

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras
‘más adentro’, ‘más adentro’
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto,
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos.

 

 

 

La que habita aquí

En enero, cuando decidí publicar mi deseo por una muerte digna, no sabía muy bien cómo hacerlo, mis redes eran privadas y con muy pocos seguidores y contactos, ni siquiera usaba fotos de perfil. Pero cuando llegó el día de la primera entrega y recibí mucha acogida y apoyo de mi entorno, fue inmediato y era necesario poner todo en modo público para que, los que quieran, puedan difundir y compartir. Desde entonces todo ha sido maravilloso. He conocido a personas con una sensibilidad y empatía increíbles que  me han ayudado a sacar adelante este proyecto. Además, me he “reencontrado” con amigas y la relación con ellas ahora es muy fuerte y auténtica.

¿Alguien se apartó? Sí, justamente a quien le había dado mi amor, mi cuerpo-avergonzado, mis ganas y gemidos. Y ahora sé que en realidad no era amor. Es curioso, creía que era feliz y ahora, a la distancia, ya puedo ver que tuve que escribir sobre mí para recuperar mi cuerpo y apropiarme de él. Nunca había sido dueña de mi piel tanto como lo soy ahora. Y parte de ese proceso previo a escribir, fue que me fotografíen. Lo mejor de ser fotografiada, es saber qué me gusta y qué no me gusta de mí. Me gusta mostrar mi cuerpo pero además me impresiona cuando logran capturar alguna mirada que no sabía que tenía.

Muestro mi cuerpo porque lo siento como  material literario. Igual que con la escritura es lo más auténtico que tengo. Estas dos armas me han trasformado en una mujer libre y sin-vergüenza. Y de eso ya no se vuelve. Ya no hay retroceso. Cuando una mujer se apropia de su cuerpo y de su deseo ya nada la detiene. Pero cuando una mujer con condiciones físicas limitadas y,  con dos dispositivos extraños en su cuerpo, se exhibe, puede llegar a interpelar, incomodar y generar censura y rechazo. Porque para la sociedad una mujer con discapacidad es asexuada, sin deseo y  no es una mujer sino una niña.

Una mujer en mi condición es ideada bajo los estereotipos más conservadores y censurables. Así que no me sorprende si recibo algún comentario malintencionado de un desconocido como este:

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Este sujeto, mediante su comentario, es un pequeño ejemplo de ataque de la cultura machista que no soporta la libertad de la mujer y pretende indicar lo que debo o no mostrar de mi cuerpo

 

Y además, entiendo lo que puedo generar en esa persona a la que pensé que amé: es “demasiada información”, era mejor para él (y para  mí) no saber todo de mí, y ahora que no hay misterio ya se le fueron sus ganas y prefiere no ver. A diferencia  de él, ya no tengo nada que esconder y puedo contar a todo el  mundo que en el peor de mis instantes, fui la otra.

Foto de encabezado: Paula Virreira