El caso Franco

Él profanó mi mundo. Subterráneo, excavó en mis corredores hasta volverme desierto.
Robó mi canto. Me volví silencio.

Cuando una mujer decide denunciar, suceden muchas cosas, una de ellas es que termina señalada como culpable: la ropa que usó, la hora, si sonrió más de lo debido, si tomó, si bailó, y un largo etcétera. Los cuestionamientos se vuelven hacia ella, la víctima.

En este caso, yo misma diré que soy la culpable: soy víctima de mi propio desamor por relacionarme con un hombre casado.

Mi historia con Franco comienza en octubre de 2014 en Tinder. Ya había conocido a un par de chicos y la pasé muy bien, disfruté de mi sexualidad libre y sana. Sin compromisos afectivos, sin daño, con respeto, responsabilidad y diversión. El tercer match fue él. Después de una conversación superficial pero agradable decidí darle mi WhatsApp. Durante dos días hablamos de nuestras rutinas y flirteos. Al tercer día me preguntó con quién vivo, le respondí con mi asistente y mi gato. Le devolví la pregunta y dijo: “con mi esposa e hijo”.

Así empezó todo: lo bloqueé. Por tres meses me buscó en redes, me llamaba, dejaba mensajes de texto. Él halló la manera de hacerme dudar: “solo quiero tu amistad, sé que tú también sientes que hay algo especial entre los dos”. Se mostraba querible, herido, solo. Si esto me sucediera hoy, ya hubiera posteado en mis redes los screen de lo que ahora considero un acoso. Pero no. Hace seis años no era nada de lo que ahora soy.

Un sábado de enero de 2015, él olfateó mi soledad y yo lo desbloqueé. En menos de una hora estaba tocando el timbre: había conseguido mi dirección en Internet. Lo que tendría que haberme dado miedo, me hizo sentir deseada. Fui la especie que se dejó convertir en su propio depredador, su semejante.

no te angusties, Ana, no vas a destruir un matrimonio”.

con ella no tengo sexo, es casi trimestral, yo tengo que masturbarme todos los días, pero es solo eso, no tenemos problemas o discusiones, tranquila Ana, no le estás haciendo daño a nadie”

“eres hermosa, si tú no estuvieras enferma no estarías conmigo, ni siquiera me hubieras mirado”.

Su cebo fue hacerme sentir que no solo era sexual, que también había afecto y sentimientos románticos. Pero su más importante poder fue “te lo dije desde el principio, ya sabes las reglas del juego, lo tomas o lo dejas”. Esa fue la manipulación para que no tenga nada que reprocharle. Es ahí donde esto se convirtió en lo que terminó por consumirme. Se alimentó de mi alma, quebró mi pensamiento y convicciones. Me convencí de que me estaba haciendo un favor al quererme, al haberme elegido como su presa.

Yo trabajaba, había logrado muchas cosas en mi vida a pesar de mi condición física, tenía una profesión, trabajo y casa. Era autónoma, fuerte y sentía orgullo de mí. Pero me volví dependiente emocionalmente de él. Comenzó a desaparecer, ya no estaba tan intenso y presente como al principio. Su excusa era que tenía que salir todos los días a buscar trabajo. Me mandaba fotos de las calles “horribles” donde andaba. Que en casa le estaban “haciendo problemas por no aportar económicamente” Encontró un pequeño puesto en un gimnasio: “tengo que aguantar a las viejas coqueteando, de espaldas normal, pero voltean y son un huaco”.

Entonces mi pago por haberme mirado fue conseguirle trabajo en una galería de arte. Fue mi manera de cubrir la vergüenza y la culpa. Lo aceptaron y él quedó fascinado con su nuevo trabajo. Terminé con él. Intenté alejarme. Pero fueron idas y vueltas. Como una adicta, lo aceptaba nuevamente. Sabía que no era la única. Había otras. A cada una le pone ‘nombrecitos’: coneja, pequeña, etc. A mí me puso capicúa. Era agotador, pero prefería esa podredumbre a no tener nada. Me dolía verlo, cada vez me sentía más débil, muy delgada y cansada.

Una noche, después de haber tenido sexo, estando aún desnudos en mi cama, me pidió dinero prestado. Ahí sentí que ya estaba muy enferma, me paralicé unos segundos, le di el dinero y suspendida, quedé sin aire. Franco se hizo gigante, impune, merecedor de todas sus ganancias. Tenerlas a todas. Contaminar a todas. Yo terminé en cuidados intensivos.

Después de seis meses, volví a casa. Lo había perdido todo: trabajo, casa, independencia, autonomía y por supuesto mi cuerpo. Él seguía trabajando y creciendo en ese lugar. Le rogué que me ayude así como yo lo ayudé. Prometió hacerlo muchas veces. Nunca lo hizo.

“está bien Ana, dame tu número de cuenta, pero primero te quiero ver”.

“no soy un hijo de puta, yo pregunto todos los días por ti, mi lugar de trabajo es un recordatorio de ti”.

“veo el mar y me acuerdo de ti, voy por las calles cerca de tu casa y me pregunto cómo estarás

“recuerdo lo mucho que me encantaba tu piel fría con la mía, tu cadenita moviéndose en tu cuello, tu cabello largo y sedoso”

Cada cierto tiempo, me escribía para recordar a alguien que ya no existía. Yo me concentré en mi lucha personal. No le respondía. Él insistía. Entonces me di cuenta que debía tomar captura de todo. Tengo un archivo con su nombre, con todas las fotos y videos que me envía.

Después de estos seis años sin verlo, con mis batallas ganadas, creyendo que había sanado de él, volví a chatear con él en mayo de este año. Como siempre, hubo mucho sexting y su primer paso para acercarse fue traerme un pan hecho por él. Pero no lo dejé entrar.

Siguió el sexteo y le advertí que desde que había empezado la pandemia no había salido de casa, no recibía visitas y mucho menos tuve relaciones sexuales con nadie. Así que solo le pedí que me garantice que se estaba cuidando del COVID y de cualquier ETS. Él me aseguraba que sí lo hacía. Tuvimos dos encuentros sexuales.

Me di cuenta que esta vez, su embestida ya no solo fue emocional. Él sabía de mi vulnerabilidad física y fue ahí donde sobornó mi lengua. Con sus fauces desplumó mi voz hasta dejarla sin carne, huérfana de cuerpo.

Descubrí que había tenido sexo con otras mujeres en paralelo conmigo. Seguía siendo el mismo buitre, pero con mayor dominio para infestar. Así que lo cité una tercera vez. Le hice creer que tendríamos sexo. Le pregunté pero lo negó una y otra vez. Se quería ir. No lo permití. Lo tuve sentado dos horas y medias. Y, por primera vez, ya no callé.

A Franco solo le importa él y su ventaja. No existe contexto o circunstancias que lo humanicen. Muestra una imagen falsa al mundo. Soy la única que lo ha visto a los ojos. Tiene un vacío putrefacto. Por primera vez no sentí una pizca de ganas de ser tocada por él. Al contrario, me dio asco y se lo pude decir tranquila. Le noté esa mueca siniestra que nunca antes había querido ver.

Los que me conocen de cerca, saben que para entenderme, tienen que mirarme, seguir un poco el movimiento de los labios y escuchar pacientemente la poca voz que sale cuando hablo. En esta ocasión, él hablaba más fuerte. Pero finalmente, cuando le dije el nombre de una de las mujeres —que incluso había tenido COVID recientemente— con la que había estado solo dos días antes, lo aceptó.

¿Por qué me mentiste? Yo no puedo darme el lujo de enfermarme. Mírame. Mira mi cuarto. Mi cama clínica. Mira mi condición, Franco. Tendré que hacerme un descarte de ETS y si sale algo, yo solo estuve contigo, tú serás el culpable. No solo debo cuidarme por mí, sino por todo el equipo que es responsable de mi salud. Están pendientes cada minuto de mí, debo corresponder, es lo mínimo, es un compromiso conmigo pero también con ellos y por supuesto con mi familia. —Le dije, calmada, tratando de rescatar algo humano dentro de él. Pero no. Él no mira.

“en mi defensa solo puedo decir que usé protección”. — Respondió con sonrisa de pantano.

“sí te ayudé, compré no solo una rifa, fueron varias, no soy un hijo de puta. (se refiere a la rifa que organizaron mis amigas para ayudar a mis padres a cubrir gastos cuando estuve en UCI).

¿Crees que hay alguna manera de reparar el daño que me hiciste, Franco?—Le pregunté casi al final.
“No, cada uno vive como puede, yo me siento solo. Yo amo a C (esposa), pero por más que lo hemos intentado, no tenemos mucho sexo. Es complejo. Entonces, entro al baño y me masturbo casi en automático, al final siento un vacío. Necesito desfogar tanta energía”.

Como dije, fue una larga conversación. Él quiso hablar de su infancia difícil. Con señas y tratando de que me escuche, le decía que no quería saber de eso. Él no me miraba y hablaba más fuerte. Imagino que intentaba justificar su comportamiento, sus desgracias. Por consideración a personas que no conozco (incluida su esposa) evitaré exponer los detalles penosos que me obligó a escuchar.

Tampoco pondré las transgreciones sexuales y físicas que cometió conmigo en esas dos ocasiones que lo recibí en mi cama. Quizá será una deuda que tendré conmigo misma. O quizá aparezca en otro momento.

Solo necesitaba escribir un poco este episodio de mi vida. Dar mi testimonio para liberarme de su sombra. Dar cuenta de que, aún con 44 años de edad, feminista, activista y con todo lo valiente que he sido en la lucha por mi derecho a elegir sobre mi vida y mi cuerpo, fui cómplice de la mentira y el daño. Sé que no hay lugar a reclamo para mí.

Franco vive en esas pesadillas que aún me despiertan de madrugada, rumiando la culpa.

(Fotografía de encabezado por Macarena Puelles).

6 comentarios sobre “El caso Franco

  1. Pesadillas que por más que nos pellizquemos no despertamos, ni la enfermedad ni la muerte cambian el sentimiento, ni la más sana de las mujeres puede detener al corazón vacío con ansias de tirarse a la piscina así no sepamos nadar.

    Que hermoso escribes. Solo espero que pronto encuentres paz.

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  2. Hola Ana, me haz hecho recordar una decepción muy grande que tuve antes de venirme a Japón, nada comparado con lo tuyo pero fue muy doloroso porque tenía una mezcla de pena y colera conmigo misma en confiar en una persona q sabe que uno lo quiere y lo usa para aprovecharse. Pero ya entendí que en realidad estas cosas no solo a uno que está en silla de ruedas sino que le ocurre a cualquiera q esté vulnerable así que solo queda recoger la lección y mejor dar gracias de que pudiste deshacerte de el porque uno piensa en el momento sentirnos bien con esa situación pero es un desgaste mental que no vale la pena. Te admiro mucho que puedas hablarlo abiertamente, sinceramente yo no puedo aún hablar cosas tan personales porque me bajan en ánimo y eso tampoco voy a desperdiciar por gente así. Besos y que estés muy bien 💚

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  3. Apreciada Ana, todo aquello que en esta vida nos ocurra (ya sea bueno, malo, triste o doloroso) le llamo aprendizaje y estoy segura que algo bueno habrás sacado de esa experiencia, sigue adelante airosa como hasta ahora lo haz hecho.

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